domingo, 30 de septiembre de 2012

Hay veces que.


Puedo despertar empapada en lágrimas, sentir los ojos rojos, hinchados, sin fuerzas para ver la luz del día. Y levantarse de la cama, sentir que nada es como antes, que has perdido una parte de ti y no sabes donde. No tener ganas de comer, mirar la tele sin ver, oír música sin escuchar, hablar sin entender. Pararse en frente del espejo y no fijarse si hoy me veo bien o mal. Abrir la puerta, salir a la calle, querer comerse el mundo, no poder y él te come a ti. Empieza a llover, la ropa empapada, el pelo mojado, la cara manchada del rímel que ha terminado en las mejillas. Correr por correr, saltar para alejarse del mundo, gritar con las pocas fuerzas que quedan, llorar para que las lágrimas se junten con la lluvia y nadie se de cuenta. Y vuelves a dormir, queriendo que el día se acabe, que se quede en el olvido, que no vuelva a parecer, y dejar las marchas de las lágrimas en la almohada, intentar dormir, no poder, dar vueltas y más vueltas, te quieres morir, pero no puedes, y consigues acabar abrazada a Morfeo y dejas a la imaginación volar, solo esperas que salga el sol, y que el día de devuelva las fuerzas para luchar. 

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